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Full text of "Páginas escogidas"

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PÁGINAS ESCOGIDAS 



US 

M^A^p ANTONIO MACHADO 



PÁGINAS 
ESCOGIDAS 




MCMX V 1 1 

CASA EDITORIAL CALLEJA 

FUNDADA EN 1876 



MADRID 



PROPIEDAD 
DERECHOS RESERVADOS 



Copyright 1917, by 
CASA EDITORIAL CALLEJA 



Imprenta de Bernardo Rodríguez. - Barquillo, 8. -Madrid. 



PRÓLOGO 



Mi costumbre de no volver nunca sobre lo 
hecho y de no leer nada de cuanto escribo, una 
vez dado a la imprenta, ha sido causa en esta 
ocasión de no poco embarazo para mí. El pre- 
sentar un tomo de Páginas escogidas me obli- 
gó, no sólo a releer, sino a elegir, lo que su- 
pone juzgar. ¡Triste labor! Porque un poeta, 
aunque desbarre, mientras produce sus rimas, 
está siempre de acuerdo consigo mismo; pero, 
pasados los años, el hombre que juzga su pro- 
pia obra dista mucho del que la produjo. Y 
puede ser injusto para consigo mismo: si, por 
amor de padre, con exceso indulgente, también 
a veces ingrato por olvido, pues la página es- 
crita nunca recuerda todo lo que se ha intenta- 
do, sino lo poco que se ha conseguido. 

Si un libro nuestro fuera una sombra de nos- 
7 



otros mismos, sería bastante; porque frecuente- 
mente es mucho menos: la ceniza de un fuego 
que se ha apagado y que tal vez no ha de en- 
cenderse más. Y en el caso mejor, cuando nues- 
tro libro nos evoca nuestra alma de ayer con 
la viveza de algunos sueños que actualizan lo 
pasado, echamos de ver que, entonces, llevába- 
mos a la espalda un copioso haz de flechas 
que no recordamos haber disparado y que han 
debido caérsenos por el camino. La tristeza de 
volver sobre nuestra obra no proviene de la 
conciencia de lo poco logrado, sino de lo mucho 
que renunciamos a acometer. Nuestra incapaci- 
dad para fallar con justicia en causa propia 
estriba también en la merma de simpatía por 
nuestra obra, y en la enorme distancia que 
media entre el momento creador y el critico. 
En el primero coincidíamos con la corriente de 
la vida, cargada de realidades virtuales que 
acaso no llegan nunca a actualizarse, pero que 
sentimos como infinitamente posibles; en el se- 
gundo estamos fuera de esta misma corriente, 
y aun fuera de nosotros, obligados a juzgar, a 
encerrar y distribuir las vivas aguas en los rígi- 
dos cangilones de las ideas ómnibus, a evaluar 
en moneda corriente lo más ajeno a toda mer- 
cadería. Es muy frecuente — casi la regla— que 
el poeta eche a perder su obra al corregirla. La 
8 



explicación es fácil: se crea por intuiciones; se 
corrige por juicios, por relaciones entre concep- 
tos. Los conceptos son de todos y se nos impo- 
nen desde fuera en el lenguaje aprendido; las 
intuiciones son siempre nuestras. Juzgarnos o 
corregirnos, supone aplicar la medida ajena al 
paño propio. Y al par que entramos en razón 
y nos ponemos de acuerdo con los demás, nos 
apartamos de nosotros mismos; cuantas líneas 
enmendamos para fuera, son otras tantas de- 
formaciones de lo íntimo, de lo original, de lo 
que brotó espontáneo en nosotros. 

El poeta debe escuchar con respeto la crítica 
ajena, porque el libro lanzado a la publicidad 
ya no le pertenece. Él lo entregó al juicio de 
los hombres, sin que nadie le obligase a ello. 
Asístele, sin embargo, el derecho de no ser de- 
masiado dócil a admoniciones y consejos, y le 
conviene, sobre todo, desconfiar aun de sus 
propias definiciones. No se define en arte, sino 
en matemática — allí donde lo definido y la de- 
finición son una misma cosa. — Ante la crítica 
dogmática y doctrinera, aun la propia inepcia 
puede sonreír desdeñosa. 

Cabe, no obstante, pedir al hombre de un 
libro un juicio ualorativo de su obra, un pre- 
cio de su propia labor; cabe preguntarle: "¿En 
cuánto estima usted esto que nos ofrece en de- 
9 



manda de nuestra simpatía y de nuestro aplau- 
so?,, Responderé brevemente. Como valor ab- 
soluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno 
tiene; pero creo— y en esto estriba su valor re- 
lativo — haber contribuido con ella, y al par de 
otros poetas de mi promoción, a la poda de ra- 
mas superfluas en el árbol de la lírica españo- 
la, y haber trabajado con sincero amor para 
futuras y más robustas primaveras. 

Antonio Machado. 

Baeza, 20 de abril de 1917. 



10 



NOTA BIOGRÁFICA 



Nací en Sevilla una noche de Julio de 1875, en el cé- 
lebre palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo 
nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos 
infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, donde 
mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institu- 
ción Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo 
afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juven- 
tud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por 
España. En 1907 obtuve cátedra de Lengua francesa, 
que profesé durante cinco años en Soria. Allí me casé; 
allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siem- 
pre. Me trasladé a Baeza, donde hoy resido. Mis aficio- 
nes son pasear y leer, 
é 



11 



SOLEDADES 
1903 

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS 
1907 



SOLEDADES 



Las composiciones de este primer libro, pu- 
blicado en Enero de 1903, fueron escritas en- 
tre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Da- 
río, combatido hasta el escarnio por la crítica 
al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo 
también admiraba al autor de Prosas profanas, 
el maestro incomparable de la forma y de la 
sensación, que más tarde nos reveló la hon- 
dura de su alma en Cantos de vida y esperan- 
za. Pero yo pretendí— y reparad en que no me 
jacto de éxitos, sino de propósitos — seguir ca- 
mino bien distinto. Pensaba yo que el elemento 
poético no era la palabra por su valor fónico, 
ni el color, ni la línea, ni un complejo de sen- 
saciones, sino una honda palpitación del espí- 
ritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, 
o lo que dice, si es que algo dice, con voz pro- 
15 



pía, en respuesta animada al contacto del mun- 
do. Y aun pensaba que el hombre puede sor- 
prender algunas palabras de un íntimo monó- 
logo, distinguiendo la voz viva de los ecos 
inertes; que puede también, mirando hacia den- 
tro, vislumbrar las ideas cordiales, los univer- 
sales del sentimiento. No fué mi libro la reali- 
zación sistemática de este propósito; mas tal 
era mi estética de entonces. 

Esta obra fué refundida en 1907, con adición 
de nuevas composiciones que no añadían nada 
substancial a las primeras, en Soledades, gale- 
rías y otros poemas. Ambos volúmenes consti- 
tuyen en realidad un solo libro. 



16 



I 



EL VIAJERO 



Está en la sala familiar, sombría, 
y entre nosotros, el querido hermano 
que en el sueño infantil de un claro día 
vimos partir hacia un país lejano. 

Hoy tiene ya las sienes plateadas, 
un gris mechón sobre la angosta frente, 
y la fría inquietud de sus miradas 
revela un alma casi toda ausente. 

Deshójanse las copas otoñales 
del parque mustio y viejo. 
La tarde tras los húmedos cristales 
se pinta, y en el fondo del espejo. 

Machado.— Páginas. 17 



El rostro del hermano se ilumina 
suavemente. ¿Floridos desengaños 
dorados por la tarde que declina? 
¿Ansias de vida nueva en nuevos años? 

¿Lamentará la juventud perdida? 
Lejos quedó— la pobre loba— muerta. 
¿La blanca juventud nunca vivida 
teme que ha de cantar ante su puerta? 

¿Sonríe al sol de oro 
de la tierra de un sueño no encontrada, 
y ve su nave hender el mar sonoro, 
de viento y luz la blanca vela hinchada? 

Él ha visto las hojas otoñales 
amarillas rodar, las olorosas 
ramas del eucaliptus, los rosales, 
que enseñan otra vez sus blancas rosas... 

Y este dolor que añora o desconfía 
el temblor de una lágrima reprime, 
y un resto de viril hipocresía 
en el semblante pálido se imprime. 

18 



Serio retrato en la pared clarea 
todavía. Nosotros divagamos. 
En la tristeza del hogar golpea 
el tiotac del reloj. Todos callamos. 



19 



II 



La plaza y los naranjos encendidos, 
con sus frutas redondas y risueñas. 

Tumulto de pequeños colegiales 
que al salir en desorden de la escuela, 
llenan el aire de la plaza en sombra 
con la algazara de sus voces nuevas. 

{Alegría infantil, en los rincones 
de las ciudades muertas!... 



¡Y algo nuestro de ayer, que todavía 
vemos vagar por estas calles viejas! 



21 



III 



EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO 



Tierra le dieron una tarde horrible 
del mes de Julio, bajo el sol de fuego. 

A un paso de la abierta sepultura, 
había rosas de podridos pétalos, 
entre geranios de áspera fragancia 
y roja flor. El cielo 
puro y azul. Corría 
un aire fuerte y seco. 

De los gruesos cordeles suspendido, 
pesadamente, descender hicieron 
el ataúd, al fondo de la fosa, 
los dos sepultureros... 

23 



Y al reposar sonó con recio golpe, 
solemne, en el silencio. 

Un golpe de ataúd en tierra es algo 
perfectamente serio. 

Sobre la negra caja se rompían 
los pesados terrones polvorientos... 

El aire se llevaba 
de la honda fosa el blanquecino aliento. 

Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa; 
larga paz a tus huesos... 

Definitivamente, 
duerme un sueño tranquilo y verdadero. 



24 



IV 



RECUERDO INFANTIL 



Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de la lluvia en los cristales. 

Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 

Con timbre sonoro y hueco, 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 

25 



Y todo un coro infantil 
va cantando la lección: 
"Mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón. „ 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de la lluvia en los cristales. 



26 



V 



Yo voy soñando caminos 
de la tarde. ¡Las colinas 
doradas, los verdes pinos, 
las polvorientas encinas!... 

¿Adónde el camino irá? 
Yo voy cantando, viajero 
a lo largo del sendero... 
—La tarde cayendo está.— 

w En el corazón tenía 
la espina de una pasión; 
logré arrancármela un día: 
ya no siento el corazón. n 

27 



Y todo el campo un momento 
se queda, mudo y sombrío, 
meditando. Suena el viento 
en los álamos del río. 

La tarde más se obscurece, 
y el camino, que serpea 
y débilmente blanquea, 
se enturbia y desaparece. 

Mi cantar vuelve a plañir: 
" Aguda espina dorada, 
¡quién te pudiera sentir 
en el corazón clavada! „ 



28 



VI 



Hacia un ocaso radiante 
caminaba el Sol de estío, 

y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante, 
tras de los álamos verdes de las márgenes del río. 



Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera 
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, 
entre metal y madera, 
que es la canción estival. 



En una huerta sombría, 
giraban los cangilones de la noria soñolienta. 
Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía. 
Era una tarde de Julio luminosa y polvorienta. 

29 



Yo iba haciendo mi camino, 
absorto en el solitario crepúsculo campesino. 



Y pensaba: "¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, 
toda desdén y armonía; 
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía 
de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!,, 



Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente. 
Lejos, la ciudad dormía 

como cubierta de un mago fanal de oro transparente. 
Bajo los arcos de piedra, el agua clara corría. 



Los últimos arreboles coronaban las colinas, 
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas. 
Yo caminaba cansado, 

sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesada 



El agua en sombra pasaba tan melancólicamente 
bajo los arcos del puente, 
como si al pasar dijera: 

30 



"Apenas desamarrada 
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, 
se canta: no somos nada. 

Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera.,, 



Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. 
(Yo pensaba: ¡el alma mía!) 



Y me detuve un momento, 
en la tarde a meditar... 
¿Qué es esta gota en el viento 
que grita al mar: Soy el mar? 



Vibraba el aire, asordado 
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro, 
cual si estuviera sembrado 
de campanitas de oro. 



En el azul fulguraba 
un lucero diamantino. 
Cálido viento soplaba, 
alborotando el camino. 

31 



Yo, en la tarde polvorienta, 
hacia la ciudad volvía. 

Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. 
Bajo las ramas obscuras, caer el agua se oía. 



32 



VII 



CANTE HONDO 



Yo meditaba absorto, devanando 
los hilos del hastío y la tristeza, 
cuando llegó a mi oído, 
por la ventana de mi estancia, abierta 

a una caliente noche de verano, 
el plañir de una copla soñolienta, 
quebrada por los trémolos sombríos 
de las músicas magas de mi tierra. 

... Y era el Amor, como una roja llama... 
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda 
ponía un largo suspirar de oro 
que se trocaba en surtidor de estrellas.— 

. Machado.- Páginas. 33 



... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla, 
el paso largo, torva y esquelética. 
—Tal cuando yo era niño la soñaba.— 

Y en la guitarra, resonante y trémula, 
la brusca mano, al golpear, fingía 

el reposar de un ataúd en tierra. 

Y era un plañido solitario el soplo 
que el polvo barre y la ceniza aventa. 



34 



VIII 



La calle en sombra. Ocultan los altos caserones 
al Sol que muere; hay ecos de luz en los balcones. 

¿No ves, en el encanto del mirador florido, 
el óvalo rosado de un rostro conocido? 

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo, 
surge o se apaga como daguerreotipo viejo. 

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso; 
se extinguen lentamente los ecos del ocaso. 

jOh angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella? 
No puede ser... Camina... En el azul la estrella. 



35 



IX 



EL POETA 



(En el libro Epifanías, de Martínez Sierra.) 



Maldiciendo su destino, 
como Glauco, el dios marino, 
mira, turbia la pupila 

de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla. 



Él sabe que un Dios más fuerte 
con la substancia inmortal está jugando a la muerte, 
cual niño bárbaro. Él piensa 

que ha de caer como rama que sobre las aguas flota, 
antes de perderse, gota 
de mar, en la mar inmensa. 

37 



En sueftos oyó el acento de una palabra divina; 
en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina 
sin odio ni amor, y el frío 
soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastio. 

Bajo las palmeras del oásis, el agua buena 
miró brotar de la arena; 

y se abrevó entre las dulces gacelas y entre los fieros 
animales carniceros... 



Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor; 
y fué compasivo para el ciervo y el cazador, 
para el ladrón y el robado, 

para el pájaro azorado, 
para el sanguinario azor. 

Con el Eclesiastes dijo: "Vanidad de vanidades, 
todo es negra vanidad»; 

y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades: 
"Sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad. „ 

Y viendo cómo lucían 
miles de blancas estrellas, 
pensaba que todas ellas 

38 



en su corazón ardían. 
íNoche de amor!... 

Y otra noche sintió la mala tristeza 
que enturbia la pura llama, 
y un corazón que bosteza, 
y un histrión que declama. 

Y dijo: "Las galerías 
del alma que espera están 
desiertas, mudas, vacias; 

las blancas sombras se van.» 

Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado 
del ayer. ¡Cuán bello era! 

iQué hermosamente el pasado 
fingía la primavera, 

cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado, 
mísero fruto podrido, 
que en el hueco acibarado 
guarda el gusano escondido! 

¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día, 
arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía! 



39 



X 



¡Verdes jardinillos, 
claras plazoletas, 
fuente verdinosa 
donde el agua sueña, 
donde el agua muda 
resbala en la piedra!... 



Las hojas de un verde 
mustio, casi negras, 
de la acacia, el viento 
de Septiembre besa, 
y se lleva algunas 
amarillas, secas, 
jugando, entre el polvo 
blanco de la sierra. 



41 



Linda doncellita 
que el cántaro llenas 
de agua transparente, 
tú, al verme, no llevas 
a los negros bucles 
de tu cabellera, 
distraídamente, 
la mano morena, 
ni, luego, en el limpio 
cristal te contemplas... 

Tú miras al aire 
de la tarde bella, 
mientras de agua clara 
el cántaro llenas. 



42 



DEL CAMINO 



I 



Daba el reloj las doce..., y eran doce 
golpes de azada en tierra... 

... ¡Mi hora!...— grité. El silencio 
me respondió: —No temas; 
tú no verás caer la última gota 
que en la clepsidra tiembla. 

Dormirás muchas horas todavía 
sobre la orilla vieja, 
y encontrarás una mañana pura 
amarrada tu barca a otra ribera. 



45 



II 



En la desnuda tierra del camino, 
la hora florida brota, 
espino solitario, 

del valle humilde en la revuelta umbrosa. 

El salmo verdadero 
de tenue voz hoy torna 
al corazón y al labio, 
la palabra quebrada y temblorosa. 

Mis viejos mares duermen; se apagaron 
sus espumas sonoras 
sobre la playa estéril. La tormenta 
camina lejos en la nube torva. 

47 



Vuelve la paz al cielo; 
la brisa tutelar esparce aromas 
otra vez sobre el campo, y aparece 
en la bendita soledad tu sombra. 



48 



III 



¡Tenue rumor de túnicas que pasan 
sobre la infértil tierra!... 
¡Y lágrimas sonoras 
de las campanas viejas! 

Las ascuas mortecinas 
del horizonte humean... 
Blancos fantasmas lares 
van encendiendo estrellas. 

—Abre el balcón. La hora 
de una ilusión se acerca... 
La tarde se ha dormido 
y las campanas sueñan. 



A. Machado. — Páginas. 49 



4 



IV 



Algunos lienzos del recuerdo tienen 
luz de jardín y soledad de campo; 
la placidez del sueño 
en el paisaje familiar soñado. 

Otros guardan las fiestas 
de días aún lejanos; 
figuritas sutiles 

que pone un titerero en su retablo- 



Ante el balcón florido 
está la cita de un amor amargo. 

51 



Brilla la tarde en el resol bermejo... 
La hiedra efunde de los muros blancos... 



A la revuelta de una calle en sombra, 
un fantasma irrisorio besa un nardo. 



52 



V 



Las ascuas de un crepúsculo morado 
detrás el negro cipresal humean... 
En la glorieta en sombra está la fuente 
con su alado y desnudo Amor de piedra, 
que sueña mudo. En la marmórea taza 
reposa el agua muerta. 



53 



GALERÍAS 



INTRODUCCIÓN 



Leyendo un claro día 
mis bien amados versos, 
he visto en el profundo 
espejo de mis sueños 

que una verdad divina 
temblando está de miedo, 
y es una flor que quiere 
echar su aroma al viento. 

El alma del poeta 
se orienta hacia el misterio. 
Sólo el poeta puede 
mirar lo que está lejos, 

57 



dentro del alma en turbio 
y mago sol envuelto. 

En esas galerías, 
sin fondo del recuerdo, 
donde las pobres gentes 
colgaron cual trofeo 

el traje de una fiesta 
apolillado y viejo, 
allí el poeta sabe 
el laborar eterno 
mirar de las doradas 
abejas de los sueños. 

Poetas, con el alma 
atenta al hondo cielo, 
en la crüel batalla 
o en el tranquilo huerto, 

la nueva miel labramos 
de los dolores viejos, 
la veste blanca y pura 
pacientemente hacemos, 

58 



y bajo el Sol bruñimos 
el fuerte arnés de hierro. 

El alma que no sueña, 
el enemigo espejo, 
proyecta nuestra imagen 
con un perfil grotesco. 

Sentimos una ola 
de sangre en nuestro pecho 
que pasa..., y sonreímos, 
y a laborar volvemos. 



5y 



I 



Desgarrada la nube; el arco iris 
brillando ya en el cielo; 
y en un fanal de lluvia 
y sol el campo envuelto. 

Desperté. ¿Quién enturbia 
los mágicos cristales de mi sueño? 
Mi corazón latía 
atónito y disperso. 

... ¡El limonar florido, 
el cipresal del huerto, 
el prado verde, el Sol, el agua, el iris!... 
jEl agua en tus cabellos!... 

Y todo en la memoria se rompía, 
tal una pompa de jabón al viento» 

61 



II 



Y era el demonio de mi sueño, el ángel 
más hermoso. Brillaban 
como aceros los ojos victoriosos, 
y las sangrientas llamas 
de su antorcha alumbraron 
la honda cripta del alma. 

—¿Vendrás conmigo? —No, jamás; las tumbas 
y los muertos me espantan.— 
Pero la férrea mano 
mi diestra atenazaba. 

—Vendrás conmigo...— Y avancé en mi sueño, 
cegado por la roja luminaria. 
Y en la cripta sentí sonar cadenas 
y rebullir de fieras enjauladas. 



63 



III 



Desde el umbral de un sueño me llamaron... 
Era la buena voz, la voz querida. 

— Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?... 
Llegó a mi corazón una caricia. 

—Contigo siempre... Y avancé en mi sueño 
por una larga, escueta galería, 
sintiendo el roce de la veste pura 
y el palpitar süave de la mano amiga. 



A Machado. — Páginas. 



65 



5 



IV 

SUEÑO INFANTIL 



Una clara noche 
de fiesta y de luna, 
noche de mis sueños, 
noche de alegría 

—era luz mi alma, 
que hoy es bruma toda, 
no eran mis cabellos 
negros todavía,— 

el hada más joven 
me llevó en sus brazos 
a la alegre fiesta 
que en la plaza ardía. 

67 



So el chisporroteo 
de las luminarias, 
Amor sus madejas 
de danzas tejía. 

Y en aquella noche 
de fiesta y de luna, 
noche de mis sueños, 
noche de alegría, 

el hada más joven 
besaba mi frente..., 
con su linda mano 
su adiós me decía- 
Todos los rosales 
daban sus aromas, 
todos los amores 
Amor entreabría. 



68 



V 



Si yo fuera un poeta 
galante, cantaría 

a vuestros ojos un cantar tan puro 

como en el mármol blanco el agua limpia. 

Y en una estrofa de agua 
todo el cantar sería: 

"Ya sé que no responden a mis ojos, 
que ven y no preguntan cuando miran, 
los vuestros claros; vuestros ojos tienen 
la buena luz tranquila, 

la buena luz del mundo en flor, que he visto 
desde los brazos de mi madre un día.» 



60 



VI 



Llamó a mi corazón un claro día, 
con un perfume de jazmín, el viento. 

—A cambio de este aroma, 
todo el aroma de tus rosas quiero. 
—No tengo rosas; flores 
en mi jardín no hay ya: todas han muerto. 

—Me llevaré los llantos de las fuentes, 
las hojas amarillas y los mustios pétalos. 
Y el viento huyó... Mi corazón sangraba- 
Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto? 



71 



VII 



Hoy buscarás en vano 
a tu dolor consuelo. 
Lleváronse tus hadas 
el lino de tus sueños. 

Está la fuente muda, 
y está marchito el huerto. 
Hoy sólo quedan lágrimas 
para llorar. No hay que llorar, ¡silencio! 



73 



VIH 



Y nada importa ya que el vino de oro 
rebose de tu copa cristalina, 
o el agrio zumo enturbie el puro vaso... 

Tú sabes las secretas galerías 
del alma, los caminos de los sueños 
y la tarde tranquila 
donde van a morir... Allí te aguardan 

las hadas silenciosas de la vida, 
y hacia un jardín de eterna primavera 
te llevarán un día. 



75 



IX 



¡Tocados de otros días, 
mustios encajes y marchitas sedas; 
salterios arrumbados, 
rincones de las salas polvorientas; 

daguerreotipos turbios, 
cartas que amarillean; 
libracos no leídos 

que guardan grises florecitas secas: 

romanticismos muertos, 
cursilerías viejas, 

cosas de ayer que sois mi alma, y cantos 
y cuentos de la abuela!... 



77 



X 



La casa tan querida 
donde habitaba ella, 

sobre un montón de escombros arruinada 
o derruida, enseña 
el negro y carcomido 
maltrabado esqueleto de madera. 

La Luna está vertiendo 
su clara luz en sueños, que platea 
en las ventanas. Mal vestido y triste, 
voy caminando por la calle vieja. 



79 



XI 



Ante el pálido lienzo de la tarde, 
la iglesia con sus torres afiladas 
y el ancho campanario, en cuyos huecos 
voltean suavemente las campanas, 
alta y sombría, surge. 

La estrella es una lágrima 
en el azul celeste. 
Bajo la estrella clara, 
flota, vellón disperso, 
una nube quimérica de plata. 



A. Machado.— Páginas. 81 



6 



XII 



Tarde tranquila, casi 
con placidez de alma, 
para ser joven, para haberlo sido 
cuando Dios quiso, para 
tener algunas alegrías... lejos, 
y poder dulcemente recordarlas. 



83 



• 



XIII 



Yo, como Anacreonte, 
quiero cantar, reír y echar al viento 
las sabias amarguras 
y los graves consejos; 

y quiero, sobre todo, emborracharme; 
ya lo sabéis... ¡Grotesco! 
Pura fe en el morir, pobre alegría 
y macabro danzar antes de tiempo. 



85 



XIV 



¡Oh tarde luminosa! 
El aire está encantado. 
La blanca cigüeña 
dormita volando, 

y las golondrinas se cruzan, tendidas 
las alas agudas al viento dorado, 
y en la tarde risueña se alejan 
volando, soñando... 

Y hay una que torna como la saeta, 
las alas agudas tendidas al aire sombrío, 
buscando su negro rincón del tejado. 

La blanca cigüeña, 
como un garabato, 

tranquila y disforme, ¡tan disparatada!, 
sobre el campanario. 

87 



XV 



Es una tarde cenicienta y mustia, 
destartalada, como el alma mía; 
y es esta vieja angustia 
que habita mi usual hipocondría. 

La causa de esta angustia no consigo 
ni vagamente comprender siquiera; 
pero recuerdo y, recordando, digo: 
—Sí; yo era niño, y tú mi compañera. 



XVI 



Y no es verdad, dolor, yo te conozco; 
tú eres nostalgia de la vida buena 
y soledad de corazón sombrío, 
de barco sin naufragio y sin estrella. 

Como perro olvidado, que no tiene 
huella ni olfato y yerra 
por los caminos, sin camino; como 
el niño que la noche de una fiesta 

se pierde entre el gentío 
y el aire polvoriento y las candelas 
chispeantes, atónito, y asombra 
su corazón de música y de pena; 

91 



así voy yo, borracho melancólico, 
guitarrista lunático, poeta, 
y pobre hombre en sueños, 
siempre buscando a Dios entre la niebla. 



92 



XVII 



¿Y ha de morir contigo el mundo mago 
donde guarda el recuerdo 
los hálitos más puros de la vida; 
la blanca sombra del amor primero, 

la voz que fué a tu corazón, la mano 
que tú querías retener en sueños, 
y todos los amores 
que llegaron al alma, al hondo cielo? 

¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, 
la vieja vida en orden tuyo y nuevo? 
¿Los yunques y crisoles de tu alma 
trabajan para el polvo y para el viento? 



93 



XVIII 



Desnuda está la tierra, 
y el alma aulla al horizonte pálido 
como loba famélica. ¿Qué buscas, 
poeta, en el ocaso? 

¡Amargo caminar, porque el camino 
pesa en el corazón! ¡El viento helado, 
y la noche que llega, y la amargura 
de la distancia!... En el camino blanco 

algunos yertos árboles negrean; 
en los montes lejanos 

hay oro y sangre... El Sol murió... ¿Qué buscas, 
poeta, en el ocaso? 



95 



XIX 



CAMPO 



La tarde está muriendo, 
como un hogar humilde que se apaga. 

Allá, sobre los montes, 
quedan algunas brasas. 

Y ese árbol roto en el camino blanco 
hace llorar de lástima. 

iDos ramas en el tronco herido, y una 
hoja marchita y negra en cada rama! 

¿Lloras?... Entre los álamos de oro, 
lejos, la sombra del amor te aguarda. 

^. Machado. — Páginas. 97 7 



XX 



LOS SUEÑOS 



El hada más hermosa ha sonreído 
al ver la lumbre de una estrella pálida 
que en hilo suave, blanco y silencioso 
se enrosca al huso de su rubia hermana. 

Y vuelve a sonreír, porque en su rueca 
el hilo de los campos se enmaraña. 
Tras la tenue cortina de la alcoba 
está el jardín envuelto en luz dorada. 

La cuna casi en sombra. El niño duerme. 
Dos hadas laboriosas lo acompañan, 
hilando de los sueños los sutiles 
copos en ruecas de marfil y plata. 

99 



XXI 



RENACIMIENTO 

Galerías del alma... ¡El alma niña! 
Su clara luz risueña; 
y la pequeña historia 
y la alegría de la vida nueva... 

¡Ah, volver a nacer, y andar camino, 
ya recobrada la perdida sendal 

Y volver a sentir en nuestra m|no 
aquel latido de la mano buena 
de nuestra madre... Y caminar en sueños, 
por amor de la mano que nos lleva. 



i 

101 



4 



XXII 



Tal vez la mano, en sueños, 
del sembrador de estrellas, 
hizo sonar la música olvidada 

como una nota de la lira inmensa, 
y la ola humilde a nuestros labios vino 
de unas pocas palabras verdaderas. 



103 



XXIII 



Y podrás conocerte recordando 
del pasado soñar los turbios lienzos, 
en este día triste en que caminas 
con los ojos abiertos. 

De toda la memoria, sólo vale 
el don preclaro de evocar los sueños. 



105 



CANCIONES HUMORADAS 



I 



Abril florecía 
frente a mi ventana. 
Entre los jazmines 
y las rosas blancas 
de un balcón florido, 
vi las dos hermanas. 
La menor cosía, 
la mayor hilaba... 
Entre los jazmines 
y las rosas blancas, 
la más pequeñita, 
risueña y rosada, 
su aguja en el aire, 
miró a mi ventana. 
La mayor seguía, 
silenciosa y pálida, 
el huso en su rueca, 
que el lino enroscaba. 

109 



Abril florecía 
frente a mi ventana. 



Una clara tarde 
la mayor lloraba, 
entre los jazmines 
y las rosas blancas, 
y ante el blanco lino 
que en su rueca hilaba. 
—¿Qué tienes? — le dije. — 
Silenciosa y pálida, 
señaló el vestido 
que empezó la hermana: 
en la negra túnica 
la aguja brillaba; 
sobre el blanco velo, 
el dedal de plata. 
Señaló a la tarde 
de Abril que soñaba, 
mientras que se oía 
tañer las campanas. 

Y en la clara tarde 
me enseñó sus lágrimas... 

110 



Abril florecía 
frente a mi ventana. 



Fué otro Abril alegre 
y otra tarde plácida. 
El balcón florido 
solitario estaba... 
Ni la pequeflita, 
risueña y rosada, 
ni la hermana triste, 
silenciosa y pálida, 
ni la negra túnica, 
ni la toca blanca... 
Tan sólo en el huso 
el lino giraba 
por mano invisible; 
y en la obscura sala 
la luna del limpio 
espejo brillaba... 

Entre los jazmines 
y las rosas blancas 
del balcón florido, 
me miré en la clara 



111 



luna del espejo 
que lejos soñaba... 

Abril florecía 
frente a mi ventana. 



112 



DE LA VIDA 



(COPLAS ELEGÍ AC AS) 



jAy del que llega sediento 
a ver el agua correr 
y dice: La sed que siento 
no me la calma el beber! 



|Ay de quien bebe y, saciada 
la sed, desprecia la vida: 
moneda al tahúr prestada 
que sea al azar rendida! 

¡Del iluso que suspira 
bajo el orden soberano, 
y del que sueña la lira 
pitagórica en su mano! 



do.— I dginas. 113 



¡Ay del noble peregrino 
que se para a meditar, 
después de largo camino, 
en el horror de llegar! 

|Ay de la melancolía 
que llorando se consuela, 
y de la melomanía 
de un corazón de zarzuela! 

¡Ay de nuestro ruiseñor, 
si en una noche serena 
se cura del mal de amor 
que llora y canta sin pena! 

¡De los jardines secretos, 
de los pensiles soñados, 
y de los sueños poblados 
de propósitos discretos! 

¡Ay del galán sin fortuna 
que ronda a la Luna bella; 
de cuantos caen de la Luna, 
de cuantos se marchan a ella! 



114 



¡De quien el fruto prendido 
en la rama no alcanzó; 
de quien el fruto ha mordido, 
y el gusto amargo probó! 

¡Y de nuestro amor primero, 
y de su fe mal pagada, 
y, también, del verdadero 
amante de nuestra amadal 



115 



LA NORIA 



La tarde caía 
triste y polvorienta. 

El agua cantaba 
su copla plebeya 
en los cangilones 
de la noria lenta. 

Soñaba la muía, 
ipobre muía vieja!, 
al compás de sombra 
que en el agua suena. 

La tarde caía 
triste y polvorienta. 

117 



II 



Yo no sé qué noble, 
divino poeta, 
unió a la amargura 
de la eterna rueda 



la dulce armonía 
del agua que sueña, 
y vendó tus ojos, 
¡pobre muía vieja!... 

Mas sé que fué un noble, 
divino poeta, 
corazón maduro 
de sombra y de ciencia. 



119 



EL CADALSO 



La aurora asomaba 
lejana y siniestra. 



El lienzo de Oriente 
sangraba tragedias 
pintarrajeadas 
con nubes grotescas. 



En la vieja plaza 
de una vieja aldea, 
erguía su horrible 
pavura esquelética 

121 



el tosco patíbulo 
de fresca madera... 

La aurora asomaba 
lejana y siniestra. 



122 



LAS MOSCAS 



Vosotras las familiares, 
inevitables golosas, 
vosotras, moscas vulgares, 
me evocáis todas las cosas. 

¡Oh viejas moscas voraces 
como abejas en Abril, 
viejas moscas pertinaces 
sobre mi calva infantil! 

¡Moscas del primer hastío 
en el salón familiar, 
las claras tardes de estío 
en que yo empecé a soñar! 

123 



Y en la aborrecida escuela 
raudas moscas divertidas, 
perseguidas 

por amor de lo que vuela, 

que todo es volar... Sonoras 
rebotando en los cristales, 
en los días otoñales... 
Moscas de todas las horas, 

de infancia y adolescencia, 
de mi juventud dorada; 
de esta segunda inocencia, 
que da en no creer en nada, 

de siempre... Moscas vulgares, 
que de puro familiares 
no tendréis digno cantor, 
yo sé que os habéis posado 

sobre el juguete encantado, 
sobre el libróte cerrado, 
sobre la carta de amor, 
sobre los párpados yertos 
de los muertos... 



124 



Inevitables golosas, 
que ni labráis como abejas, 
ni brilláis cual mariposas; 
pequeñitas, revoltosas, 
vosotras, amigas viejas, 
me evocáis todas las cosas. 



125 



ELEGÍA DE UN MADRIGAL 



Recuerdo que una tarde de soledad y hastío, 
|oh tarde como tantas!, el alma mía era, 
bajo el azul monótono, un ancho y terso río 
que ni tenía un pobre juncal en su ribera. 

¡Oh, el mundo sin encanto, sentimental inopia 
que borra el misterioso azogue del cristal! 
¡Oh, el alma sin amores, que el Universo copia 
con un irremediable bostezo universal! 



Quiso el poeta recordar, a solas, 
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos, 



127 



que él llamaba en sus rimas rubias olas. 
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos... 

Y un día— como tantos,-— al aspirar un día 
aromas de una rosa que en el rosal se abría, 
brotó como una llama la luz de los cabellos, 
que él en sus madrigales llamaba rubias olas; 
brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos... 
Y se alejó en silencio para llorar a solas. 



128 



ACASO. 



Como atento no más a mi quimera, 
no reparaba en torno mío, un día 
me sorprendió la fértil primavera, 
que en todo el ancho campo sonreía. 

Brotaban verdes hojas 
de las hinchadas yemas del ramaje, 
y flores amarillas, blancas, rojas, 
bariolaban la mancha del paisaje. 

Y era una lluvia de saetas de oro 
el sol sobre las frondas juveniles; 
del amplio río en el caudal sonoro 
se miraban los álamos gentiles. 

Machado. —Páginas. 129 



—Tras de tanto camino, es la primera 
vez que miro brotar la primavera, 
dije; y después, declamatoriamente: 

— ¡Cuán tarde ya para la dicha mía!— 
Y luego, al caminar, como quien siente 
alas de otra ilusión: 

Y todavía 
¡yo alcanzaré mi juventud un día! 



130 



JARDÍN 



Lejos de tu jardín quema la tarde 
inciensos de oro en purpurinas llamas, 
tras el bosque de cobre y de ceniza. 
En tu jardín hay dalias. 
¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece 
la obra de un peluquero, 
con esa pobre palmerilla enana, 
y ese cuadro de mirtos recortados..., 
y el naranjito en su tonel... El agua 
de la fuente de piedra 
no cesa de reír sobre la concha blanca. 



131 



A UN NARANJO Y A UN LIMONERO 
VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES 



Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! 
Medrosas tiritan tus hojas menguadas. 
Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte 
con tus naranjitas secas y arrugadas! 

Pobre limonero de fruto amarillo 
cual pomo pulido de pálida cera, 
¡qué pena mirarte, mísero arbolillo 
criado en el verde tonel de madera! 

De los claros bosques de la Andalucía, 
¿quién os trajo a esta castellana tierra, 
que barren los^vientos de la adusta sierra, 
hijos de los campos de la tierra mía? 



133 



¡Gloria de los huertos, árbol limonero, 
que enciendes los frutos de pálido oro, 
y alumbras del negro cipresal austero 
las quietas plegarias erguidas en coro; 

y fresco naranjo del patio querido, 
del campo risueño y el huerto soñado, 
siempre en mi recuerdo maduro o florido, 
de fronda y aromas y frutos cargado! 



134 



HASTÍO 



Sonaba el reloj la una 
dentro de mi cuarto. Era 
triste la noche. La Luna, 
reluciente calavera, 

ya del cénit declinando, 
iba del ciprés del huerto 
fríamente iluminando 
el alto ramaje yerto. 

Por la entreabierta ventana, 
llegaban a mis oídos 
metálicos alaridos 
de una música lejana. 

135 



Una música tristona, 
una mazurca olvidada, 
entre inocente y burlona, 
mal tañida y mal soplada. 

Y yo sentí el estupor 
del alma, cuando bosteza 
el corazón, la cabeza, 
y... morirse es lo mejor. 



136 



NEVERMORE 



La primavera besaba 
suavemente la arboleda, 
y el verde nuevo brotaba 
como una verde humareda. 

Las nubes iban pasando 
sobre el campo juvenil... 
Yo vi en las hojas temblando 
las frescas lluvias de Abril. 

Bajo ese almendro florido, 
todo cargado de flor 
—recordé,— yo he maldecido 
mi juventud sin amor. 

137 



Hoy, en mitad de la vida, 
me he parado a meditar... 
¡Juventud nunca vivida, 
quién te volviera a soñar! 



138 



II 



Húmedo está, bajo el laurel, el banco 
de verdinosa piedra; 
lavó la lluvia, sobre el muro blanco, 
las empolvadas hojas de la hiedra. 

Del viento del otoño el tibio aliento 
los céspedes undula, y la alameda 
conversa con el viento... 
¡El viento de la tarde en la arboleda! 

Mientras el Sol, en el ocaso, esplende, 
que los racimos de la vid orea, 
y el buen burgués, en su balcón, enciende 
la estoica pipa en que el tabaco humea, 

139 



voy recordando versos juveniles... 
¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? 
¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, 
huyendo entre los árboles de oro? 



140 



DE LA VIDA 



(COPLAS MUNDANAS) 



Poeta ayer, hoy triste y pobre 
filósofo trasnochado, 
tengo en monedas de cobre 
el oro de ayer cambiado. 

Sin placer y sin fortuna, 
pasó como una quimera 
mi juventud, la primera..., 
la sola, no hay más que una: 
la de dentro es la de fuera. 

Pasó como un torbellino, 
bohemia y aborrascada, 
harta de coplas y vino, 
mi juventud bienamada. 

141 



Y hoy miro a las galerías 
del recuerdo, para hacer 
aleluyas de elegías 
desconsoladas de ayer. 

¡Adiós, lágrimas cantoras, 
lágrimas que alegremente 
brotabais, como en la fuente 
las limpias aguas sonoras! 

¡Buenas lágrimas vertidas 
por un amor juvenil, 
cual frescas lluvias caídas 
sobre los campos de Abril! 

"No canta ya el ruiseñor 
de cierta noche serena; 
sanamos del mal de amor, 
que sabe llorar sin pena.„ 

Poeta ayer, hoy triste y pobre 
filósofo trasnochado, 
tengo en monedas de cobre 
el oro de ayer cambiado. 

142 



SOL DE INVIERNO 



Es mediodía. Un parque. 
Invierno. Blancas sendas. 
Simétricos montículos 
y ramas esqueléticas. 

Bajo el invernadero, 
naranjos en maceta, 
y en su tonel, pintado 
de verde, la palmera. 

Un viejecillo dice 
para su capa vieja: 
"¡El sol, esta hermosura 
de sol!...„ Los niños juegan. 

143 



El agua de la fuente 
resbala, corre y sueña, 
lamiendo, casi muda, 
la verdinosa piedra. 



144 



A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR 



Te he visto, por el parque ceniciento 
que los poetas aman 
para llorar, como una noble sombra 
vagar envuelto en tu levita larga. 

El talante cortés, ha tantos años 
compuesto de una fiesta en la antesala, 
¡qué bien tus pobres huesos 
ceremoniosos guardan! 

Yo te he visto aspirando distraído, 
con el aliento que la tierra exhala 
—hoy, tibia tarde en que las mustias hojas 
húmedo viento arranca,— 
del eucalipto verde 

i. Maceado.— Páginas. 145 10 



el frescor de las hojas perfumadas. 
Y te he visto llevar la seca mano 
a la perla que brilla en tu corbata. 



146 



CAMPOS DE CASTILLA 
1912 



CAMPOS 



DE CASTILLA 



En un tercer volumen, publiqué mi segundo 
libro, Campos de Castilla (1912). Cinco años 
en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada — allí 
me casé; allí perdí a mi esposa, a quien ado- 
raba, — orientaron mis ojos y mi corazón hacia 
lo esencial castellano. Ya era, además, muy 
otra mi ideología. Somos víctimas — pensaba 
yo — de un doble espejismo. Si miramos afuera 
y procuramos penetrar en las cosas, nuestro 
mundo externo pierde en solidez, y acaba por 
disipársenos cuando llegamos a creer que no 
existe por sí, sino por nosotros. Pero si, con- 
vencidos de la íntima realidad, miramos aden- 
tro, entonces todo nos parece venir de fuera, y 
es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo 
que se desvanece. ¿Qué hacer, entonces? Tejer 
el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir; 
149 



sólo asi podremos obrar el milagro de la ge- 
neración. Un hombre atento a sí mismo y pro- 
curando auscultarse, ahoga la única voz que 
podría escuchar: la suya; pero le aturden los 
ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros especta- 
dores del mundo? Pero nuestros ojos están car- 
gados de razón, y la razón analiza y disuelve. 
Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, 
nuestra sola sombra proyectada en la escena. 
Y pensé que la misión del poeta era inventar 
nuevos poemas de lo eterno humano, historias 
animadas que, siendo suyas, viviesen, no obs- 
tante, por sí mismas. Me pareció el romance la 
suprema expresión de la poesía, y quise escribir 
un nuevo Romancero. A este propósito respon- 
de La tierra de Alvargonzález. Muy lejos estaba 
yo de pretender resucitar el género en su sen- 
tido tradicional. La confección de nuevos ro- 
mances viejos — caballerescos o moriscosrno 
fué nunca de mi agrado, y toda simulación de 
arcaísmo me parece ridicula. Cierto que yo 
aprendí a leer en el Romancero general que 
compiló mi buen tío D. Agustín Duran; pero 
mis romances no emanan de las heroicas gestas, 
sino del pueblo que las compuso y de la tierra 
donde se cantaron; mis romances miran a lo 
elemental humano, al campo de Castilla y al 
Libro Primero de Moisés, llamado Génesis. 
150 



Muchas composiciones encontraréis ajenas a 
estos propósitos que os declaro. A una preocu- 
pación patriótica responden muchas de ellas; 
otras, al simple amor de la Naturaleza, que en 
mí supera infinitamente al del Arte. Por último, 
algunas rimas revelan las muchas horas de 
mi vida gastadas — alguien dirá: perdidas — en 
meditar sobre los enigmas del hombre y del 
mundo. 



151 



A ORILLAS DEL DUERO 



Mediaba el mes de Julio. Era un hermoso día. 
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, 
buscando los recodos de sombra, lentamente. 
A trechos me paraba para enjugar mi frente 
y dar algún respiro al pecho jadeante; 
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante, 
y hacia la mano diestra vencido y apoyado 
en un bastón, a guisa de pastoril cayado, 
trepaba por los cerros que habitan las rapaces 
aves de altura, hollando las hierbas montaraces 
de fuerte olor— romero, tomillo, salvia, espliego.— 
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. 

Un buitre de anchas alas, con majestuoso vuelo, 
cruzaba solitario el puro azul del cielo. 

153 



Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, 
y una redonda loma cual recamado escudo, 
y cárdenos alcores sobre la parda tierra 
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra; 
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero 
para formar la corva ballesta de un arquero 
en torno a Soria.— Soria es una barbacana 
hacia Aragón que tiene la torre castellana.— 
Veía el horizonte cerrado por colinas 
obscuras, coronadas de robles y de encinas; 
desnudos peñascales; algún humilde prado 
donde el merino pace y el toro arrodillado 
sobre la hierba rumia; las márgenes del río 
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío; 
y, silenciosamente, lejanos pasajeros, 
¡tan diminutos!— carros, jinetes y arrieros,— 
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas 
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas 
del Duero. 



El Duero cruza el corazón de roble 
de Iberia y de Castilla. 

¡Oh tierra triste y noble, 
la de los altos llanos y yermos y roquedas, 
de campos sin arados, regatos ni arboledas; 
decrépitas ciudades, caminos sin mesones, 
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones, 
154 



que aun van, abandonando el mortecino hogar, 
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! 

Castilla miserable, ayer dominadora, 
envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora. 
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada 
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada? 
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; 
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. 
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra 
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra. 

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes, 
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. 
Castilla no es aquella tan generosa un día, 
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, 
ufano de su nueva fortuna y su opulencia, 
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; 
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, 
pedía la conquista de los inmensos ríos 
indianos a la corte; la madre de soldados, 
guerreros y adalides que han de tornar cargados 
de plata y oro a España en regios galeones, 
para la presa cuervos, para la lid leones. 
Filósofos nutridos de sopa de convento 
contemplan impasibles el amplio firmamento; 

155 



y si les llega en sueños, como un rumor distante, 
clamor de mercaderes de muelles de Levante, 
no acudirán siquiera a preguntar: "¿Qué pasa?,, 
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa. 

Castilla miserable, ayer dominadora, 
envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora. 

El Sol va declinando. De la ciudad lejana 
me llega un armonioso tañido de campana. 
—Ya irán a su rosario las enlutadas viejas.— 
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; 
me miran, y se alejan huyendo, y aparecen 
de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen. 
Hacia el camino blanco, está el mesón abierto 
al campo ensombrecido y al pedregal desierto. 



156 



POR TIERRAS DE ESPAÑA 



El hombre de estos campos, que incendia los pinares 
y su despojo aguarda como botín de guerra, 
antaño hubo raído los negros encinares, 
talado los robustos robledos de la sierra. 

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares; 
la tempestad llevarse los limos de la tierra 
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; 
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. 

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, 
pastores que conducen sus hordas de merinos 
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes 
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. 

157 



Pequeño, ágil, sufrido; los ojos de hombre astuto, 
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas 
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto 
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas. 

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, 
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, 
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, 
esclava de los siete pecados capitales. 

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, 
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; 
ni pára su infortunio, ni goza su riqueza; 
le hieren y acongojan fortuna y malandanza. 

El numen de estos campos es sanguinario y fiero; 
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, 
veréis agigantarse la forma de un arquero, 
la forma de un inmenso centauro flechador. 

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta 
—no fué por estos campos el bíblico jardín:— 
son tierras para el águila, un trozo de planeta 
por donde cruza errante la sombra de Caín. 

158 



EL HOSPICIO 



Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano, 
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas 
en donde los vencejos anidan en verano, 
y graznan en las noches de invierno las cornejas. 

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones 
de antigua fortaleza, el sórdido edificio 
de grieteados muros y sucios paredones 
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio! 

Mientras el Sol de Enero su débil luz envía, 
su triste luz velada, sobre los campos yermos, 
a un ventanuco asoman, al declinar el día, 
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos, 

159 



a contemplar los montes azules de la sierra; 
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa, 
caer la blanca nieve sobre la fría tierra, 
sobre la tierra fría la nieve silenciosa... 



160 



AMANECER DE OTOÑO 



Una larga carretera 

entre grises peñascales, 

y alguna humilde pradera 
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales. 
Está la tierra mojada 

por las gotas del rocío, 

y la alameda dorada, 

hacia la curva del río. 

Tras los montes de violeta 

quebrado el primer albor. 

A la espalda la escopeta, 
entre sus galgos agudos, caminando un cazador. 



A. Machado.— fáginas. 161 



11 



NOCHE DE VERANO 



Es una hermosa noche de verano. 
Tienen las altas casas 
abiertos los balcones 
del viejo pueblo a la anchurosa plaza. 
En el amplio rectángulo desierto, 
bancos de piedra, evónimos y acacias, 
simétricos dibujan 

sus negras sombras en la arena blanca. 
En el cénit, la Luna; y en la torre, 
la esfera del reloj iluminada. 
Yo en este viejo pueblo paseando 
solo como un fantasma. 



163 



PASCUA DE RESURRECCIÓN 



Mirad: el arco de la vida traza 
el iris, sobre el campo que verdea. 
Buscad vuestros amores, doncellitas, 
donde brota la fuente de la piedra. 
En donde el agua ríe y sueña y pasa, 
allí el romance del amor se cuenta. 
¿No han de mirar un día, en vuestros brazos, 
atónitos, el Sol de primavera, 
ojos que vienen a la luz cerrados, 
y que, al partirse de la vida, ciegan? 
¿No beberán un día en vuestros senos 
los que mañana labrarán la tierra? 
¡Oh; celebrad este domingo claro, 
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas! 
Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre. 
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas, 
y escriben en las torres sus blancos garabatos. 
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas. 

165 



Entre los robles muerden 
los negros toros la menuda hierba, . 
y el pastor que apacienta los merinos 
su pardo sayo en la montaña deja. 



166 



CAMPOS DE SORIA 



r 

Es la tierra de Soria árida y fría. 
Por ias colinas y las sierras calvas, 
verdes pradillos, cerros cenicientos, 
la primavera pasa, 
dejando entre las hierbas olorosas 
sus diminutas margaritas blancas. 

La tierra no revive; el campo sueña. 
Al empezar Abril está nevada 
la espalda del Moncayo; 
el caminante lleva en su bufanda 
envueltos cuello y boca, y los pastores 
pasan cubiertos con sus luengas capas. 



167 



II 



Las tierras labrantías, 
como retazos de estameñas pardas, 
el huertecillo, el abejar, los trozos 
de verde obscuro en que el merino pasta, 
entre plomizos peñascales, siembran 
el sueño alegre de infantil Arcadia. 
En los chopos lejanos del camino 
parecen humear las yertas ramas 
como un glauco vapor— las nuevas hojas,— 
y en las quiebras de valles y barrancas 
blanquean los zarzales florecidos 
y brotan las violas perfumadas. 



169 



III 



Es el campo undulado, y ios caminos, 
ya ocultan ios viajeros que cabalgan 
en pardos borriquillos, 
ya al fondo de la tarde arrebolada 
elevan las plebeyas figurillas 
que el lienzo de oro del ocaso manchan. 
Mas si trepáis a un cerro y veis el campo 
desde los picos donde habita el águila, 
son tornasoles de carmín y acero, 
llanos plomizos, lomas plateadas, 
circuidos por montes de violeta, 
con las cumbres de nieve sonrosada. 



171 



IV 



|Las figuras del campo sobre el cielo! 
Dos lentos bueyes aran 
en un alcor, cuando el otoño empieza, 
y entre las negras testas, doblegadas 
bajo el pesado yugo, 
pende un cesto de juncos y retama, 
que es la cuna de un niño; 
y tras la yunta marcha 
un hombre que se inclina hacia la tierra, 
y una mujer que en las abiertas zanjas 
arroja la semilla. 

Bajo una nube de carmín y llama, 

en el oro fluido y verdinoso 

del Poniente las formas se agigantan. 



173 



V 



La nieve. En el mesón al campo abierto 
se ve el hogar donde la leña humea, 
y la olla al hervir borbollonea. 
El cierzo corre por el campo yerto, 
alborotando en blancos torbellinos 
la nieve silenciosa. 

La nieve sobre .el campo y los caminos 
cayendo está como sobre una fosa. 
Un viejo acurrucado tiembla y tose 
cerca del fuego; su mechón de lana 
la vieja hila, y una niña cose 
verde ribete a su estameña grana. 
Padres los viejos son de un arriero 
que caminó sobre la blanca tierra, 
y una noche perdió ruta y sendero, 
y se enterró en las nieves de la sierra. 
En torno al fuego rfay un lugar vacío, 
y en la frente del viejo de hosco ceño, 

175 



como un tachón sombrío 

—tal el golpe de un hacha sobre un leño. 

La vieja mira al campo, cual si oyera 

pasos sobre la nieve. Nadie pasa. 

Desierta la vecina carretera, 

desierto el campo en torno de la casa. 

La niña piensa que en los verdes prados 

ha de correr con otras doncellitas 

en los días azules y dorados, 

cuando crecen las blancas margaritas. 



176 



VI 



¡Soria fría, Soria pura, 
cabeza de Extremadura, 
con su castillo guerrero 
arruinado, sobre el Duero; 
con sus murallas roídas 
y sus casas denegridas! 



¡Muerta ciudad de señores 
soldados o cazadores; 
de portales con escudos 
de cien linajes hidalgos, 
y de famélicos galgos, 
de galgos flacos y agudos, 
que pululan 

por las sórdidas callejas, 
y a la media noche ululan, 
cuando graznan las cornejas! 

achadü.— Páginas. 177 12 



¡Soria fría! La campana 
de la Audiencia da la una. 
Soria, ciudad castellana, 
¡tan bella! bajo la Luna. 



178 



VII 



iColinas plateadas, 
grises aicores, cárdenas roquedas 
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta 
en torno a Soria; obscuros encinares, 
ariscos pedregales, calvas sierras, 
caminos blancos y álamos del río; 
tardes de Soria, mística y guerrera; 
hoy siento por vosotros, en el fondo 
del corazón, tristeza, 
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria, 
donde parece que las rocas sueñan; 
conmigo vais!... ¡Colinas plateadas, 
grises alcores, cárdenas roquedasl 



179 



VIII 



He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino, en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria— barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra.— 

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas. 
¡Álamos del amor, que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 

181 



álamos del amor cerca del agua, 
que corre y pasa y suefta; 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva! 



182 



IX 



¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria, 
tardes tranquilas, montes de violeta, 
alamedas del río, verde sueño 
del suelo gris y de la parda tierra, 
agria melancolía 
de la ciudad decrépita. 
¿Me habéis llegado al alma, 
o acaso estabais en el fondo de ella? 
¡Gentes del altollano numantino, 
que a Dios guardáis como cristianas viejas; 
que el sol de España os llene 
de alegría, de luz y de riqueza! 



183 



A UN OLMO SECO 



Al olmo seco, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de Abril y el sol de Mayo 
algunas hojas verdes le han salido. 

¡El gimo centenario, en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento 
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento. 
No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores. 
Ejército de hormigas en hilera 
van subiendo por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas. 

185 



Antes que te derribe, olmo del Duero, 
con su hacha el leñador, o el carpintero 
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas, de alguna misera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje el torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas; 
antes que el río hacia la mar te empuje 
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 

Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera. 



186 



LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ 



Al poeta Juan R Jiménez. 



I 



Siendo mozo Alvargonzález, 
dueño de mediana hacienda, 
que en otras tierras se dice 
bienestar, y aquí opulencia, 

en la feria de Berlanga 
prendóse de una doncella, 
y la tomó por mujer 
al año de conocerla. 

Muy ricas las bodas fueron, 
y quien las vió las recuerda; 
sonadas las tornabodas 
que hizo Alvar en su aldea: 

189 



hubo gaitas, tamboriles, 
flauta, bandurria y vihuela, 
fuegos a la valenciana 
y danza a la aragonesa. 



190 



II 



Feliz vivió Alvargonzález 
en el amor de su tierra. 
Naciéronle tres varones, 
que en el campo son riqueza, 

y, ya crecidos, los puso, 
uno a cultivar la huerta, 
otro a cuidar los merinos, 
y dió el menor a la Iglesia. 



191 



III 



Mucha sangre de Caín 
tiene la gente labriega, 
y en el hogar campesino 
armó la envidia pelea. 

Casáronse los mayores; 
tuvo Alvargonzález nueras, 
que le trujeron cizaña 
antes que nietos le dieran. 

La codicia de los campos 
ve tras la muerte la herencia; 
no goza de lo que tiene, 
por ansia de lo que espera. 

El menor, que a los latines 
prefería las doncellas 
hermosas, y no gustaba 
de vestir por la cabeza, 

A. Machado. - Páginas. 193 



colgó la sotana un día 
y partió a lejanas tierras. 

La madre lloró, y el padre 
dióle bendición y herencia. 



194 



IV 



Alvargonzález ya tiene 
la adusta frente arrugada; 
por la barba le platea 
el bozo azul de la cara. 

Una mañana de otoño 
salió solo de su casa; 
no llevaba sus lebreles, 
agudos canes de caza. 

Iba triste y pensativo 
por la alameda dorada; 
anduvo largo camino, 
y llegó a una fuente clara. 

Echóse en la tierra; puso 
sobre una piedra la manta, 
y a la vera de la fuente 
durmió al arrullo del agua. 



195 



EL SUEÑO 



I 



Y Alvargonzález veía, 
como Jacob, una escala 
que iba de la tierra al cielo, 
y oyó una voz que le hablaba. 
Mas las hadas hilanderas, 
entre las guedijas blancas 
y vellones de oro, han puesto 
un mechón de negra lana. 



199 



II 



Tres niños están jugando 
a la puerta de su casa; 
entre los mayores brinca 
un cuervo de negras alas. 
La mujer vigila, cose, 
y a ratos sonríe y canta. 
—Hijos, ¿qué hacéis? — les pregunta. 
Ellos se miran y callan. 
—Subid al monte, hijos míos, 
y antes que la noche caiga, 
con un brazado de estepas 
hacedme una buena llama. 



201 



III 



Sobre el lar de Alvargonzález 
está la leña apilada; 
el mayor quiere encenderla, 
pero no brota la llama. 
—Padre, la hoguera no prende; 
está la estepa mojada. 



Su hermano viene a ayudarle, 
y arroja astillas y ramas 
sobre los troncos de roble; 
pero el rescoldo se apaga. 



Acude el menor, y enciende 
bajo la negra campana 
de la cocina, una hoguera 
que alumbra toda la casa. 

203 



IV 



Alvargonzález levanta 
en brazos al más pequeño, 
y en sus rodillas lo sienta. 
—Tus manos hacen el fuego... 
Aunque el último naciste, 
tú eres en mi amor primero. 

Los dos mayores se alejan 
por los rincones del sueño. 

Entre los dos fugitivos 
reluce un hacha de hierro. 



205 



AQUELLA TARDE... 



I 



Sobre los campos desnudos, 
la Luna llena, manchada 
de un arrebol purpurino, 
enorme globo, asomaba. 

Los hijos de Alvargonzález 
silenciosos caminaban, 
y han visto al padre dormido 
junto de la fuente clara. 



— Páginas. 209 



II 



Tiene el padre entre las cejas 
un ceño que le aborrasca 
el rostro, un tachón sombrío 
como la huella de un hacha. 

Soñando está con sus hijos, 
que sus hijos lo apuñalan; 
y cuando despierta, mira 
que es cierto lo que soñaba. 



211 



III 



A la vera de la fuente 
quedó Alvargonzález muerto. 
Tiene cuatro puñaladas 
entre el costado y el pecho, 
por donde la sangre brota, 
más un hachazo en el cuello. 
Cuenta la hazaña del campo 
el agua clara corriendo, 
mientras los dos asesinos 
huyen hacia los hayedos. 
Hasta la Laguna Negra, 
bajo las fuentes del Duero, 
llevan el muerto, dejando 
detrás un rastro sangriento; 
y en la laguna sin fondo, 
que guarda bien los secretos, 
con una piedra amarrada 
a los pies, tumba le dieron. 

213 



IV 



Se encontró junto a la fuente 
la manta de Alvargonzález, 
y camino del hayedo 
se vió un reguero de sangre. 
Nadie de la aldea ha osado 
a la laguna acercarse, 
y el sondarla inútil fuera, 
que es la laguna insondable. 
Un buhonero que cruzaba 
aquellas tierras errante, 
fué en Dauria acusado, preso, 
y muerto en garrote infame. 



215 



V 



Pasados algunos meses, 
la madre murió de pena. 
Los que muerta la encontraron, 
dicen que las manos yertas 
sobre su rostro tenía, 
oculto el rostro con ellas. 



217 



VI 



Los hijos de Alvargonzález 
ya tienen majada y huerta, 
campos de trigo y centeno 
y prados de fina hierba; 
en el olmo viejo, hendido 
por el rayo, la colmena, 
dos yuntas para el arado, 
un mastín y cien ovejas. 



219 



OTROS DÍAS 



I 



Ya están las zarzas floridas, 
y los ciruelos blanquean; 
ya las abejas doradas 
liban para sus colmenas, 
y en los nidos, que coronan 
las torres de las iglesias, 
asoman los garabatos 
ganchudos de las cigüeñas. 
Ya los olmos del camino 
y chopos de las riberas 
de los arroyos que buscan 
al padre Duero, verdean. 
El cielo está azul; los montes 
sin nieve son de violeta. 
La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza; 
muerto está quien la ha labrado, 
mas no le cubre la tierra. 



223 



II 



La hermosa tierra de España, 
adusta, fina y guerrera, 
Castilla de largos ríos, 
tiene un puñado de sierras 
entre Soria y Burgos como 
reductos de fortaleza, 
como yelmos crestonados, 1 
y Urbión es una cimera. 



do. — Páginas. 



225 



t 



III 



Los hijos de Alvargonzález, 
por una empinada senda, 
para tomar el camino 
de Salduero a Covaleda, 
cabalgan en pardas muías, 
bajo el pinar de Vinuesa. 
Van en busca de ganado 
con que volver a su aldea, 
y por tierra de pinares 
larga jornada comienzan. 
Van Duero arriba, dejando 
atrás los arcos de piedra 
del puente y el caserío 
de la ociosa y opulenta 
villa de indianos. El río, 
al fondo del valle, suena, 
y de las cabalgaduras 
los cascos baten las piedras. 

227 



A la otra orilla del Duero 
canta una voz lastimera: 
"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra.,, 



228 



IV 



Llegados son a un paraje 
en donde el pinar se espesa, 
y el mayor, que abre la marcha, 
su parda muía espolea, 
diciendo: —Démonos prisa, 
porque son más de dos leguas 
de pinar, y hay que apurarlas 
antes que la noche venga. 

Dos hijos del campo, hechos \ 
a quebradas y asperezas, 
porque recuerdan un día, 
la tarde en el monte tiemblan. 
Allá en lo espeso del bosque 
otra vez la copla suena: 

229 



"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra. w 



230 



V 



Desde Salduero el camino 
va al hilo de la ribera; 
a ambas márgenes del río 
el pinar crece y se eleva, 
y las rocas se aborrascan, 
al par que el valle se estrecha. 
Los fuertes pinos del bosque, 
con sus copas gigantescas 
y sus desnudas raíces 
amarradas a las piedras; 
los de troncos plateados, 
cuyas frondas azulean, 
pinos jóvenes; los viejos, 
cubiertos de blanca lepra, 
musgos y liqúenes canos, 
que el grueso tronco rodean, 
colman el valle y se pierden 
rebasando ambas laderas. 



231 



Juan, el mayor, dice: —Hermano, 
si Blas Antonio apacienta 
cerca de Urbión su vacada, 
largo camino nos queda. 
—Cuanto hacia Urbión alarguemos, 
se puede acortar de vuelta 
tomando por el atajo, 
hacia la Laguna Negra, 
y bajando por el puerto 
de Santa Inés a Vinuesa. 
—Mala tierra y peor camino. 
Te juro que no quisiera 
verlos otra vez. Cerremos 
los tratos en Covaleda, 
hagamos noche, y, al alba, 
volvámonos a la aldea 
por este valle: que, a veces, 
quien piensa atajar, rodea. 

Cerca del río cabalgan 
los hermanos, y contemplan 
cómo el bosque centenario, 
al par que avanzan, aumenta, 
y los peñascos del monte 
el horizonte les cierran. 
El agua, que va saltando, 
parece que canta o cuenta: 

232 



"La tierra de Alvargonzález 
se colmará de riqueza, 
y el que la tierra ha labrado 
no duerme bajo la tierra.,, 



233 




CASTIGO 



I 



Aunque la codicia tiene 
redil que encierre la oveja, 
trojes que guardan el trigo, 
bolsas para la moneda, 
y garras, no tiene manos 
que sepan labrar la tierra. 
Así a un año de abundancia 
siguió un año de pobreza. 



237 



II 



En los sembrados crecieron 
las amapolas sangrientas; 
pudrió el tizón las espigas 
de trigales y de avenas; 
hielos tardíos mataron 
en flor la fruta en la huerta, 
y una mala hechicería 
hizo enfermar las ovejas. 

A los dos Alvargonzález 
maldijo Dios en sus tierras, 
y al año pobre siguieron 
luengos años de miseria. 



239 



III 



Es una noche de invierno. 
Cae la nieve en remolinos. 
Los Alvargonzález velan 
un fuego casi extinguido. 
El pensamiento amarrado 
tienen a un recuerdo mismo, 
y en las ascuas mortecinas 
del hogar los ojos fijos. 
No tienen leña ni sueño. 
Larga es la noche, y el frío 
mucho. Un candilejo humea 
en el muro ennegrecido. 
El aire agita la llama, 
que pone un fulgor rojizo 
sobre entrambas pensativas 
testas de los asesinos. 
El mayor de Alvargonzález, 

A. Machado.— Páginas. 241 



lanzando un ronco suspiro, 
rompe el silencio, exclamando: 

—Hermano, ¡qué mal hicimos! 

El viento la puerta bate, 
hace temblar el postigo, 
y suena en la chimenea 
con hueco y largo bramido. 
Después el silencio vuelve, 
y a intervalos el pabilo 
del candil chisporrotea 
en el aire aterecido. 
El segundón dijo: —¡Hermano, 
demos lo viejo al olvido! 



242 




EL VIAJERO 



I 



Es una noche de invierno. 
Azota el viento las ramas 
de los álamos. La nieve 
ha puesto la tierra blanca. 
Bajo la nevada, un hombre 
por el camino cabalga; 
va cubierto hasta los ojos, 
embozado en luenga capa. 
Entrado en la aldea, busca 
de Alvargonzález la casa, 
y ante su puerta llegado, 
sin echar pie a tierra, llama. 



245 



Ií 



Los dos hermanos oyeron 
una aldabada a la puerta, 
y de una cabalgadura 
los cascos sobre las piedras, 
Ambos los ojos alzaron, 
llenos de espanto y sorpresa. 

—¿Quién es? ¡Responda!— gritaron. 
—¡Miguel!— respondieron fuera. 

Era la voz del viajero 
que partió a lejanas tierras. 



247 



III 



Abierto el portón, entróse 
a caballo el caballero 
y echó pie a tierra. Venía 
todo de nieve cubierto. 
En brazos de sus hermanos 
lloró algún rato en silencio. 
Después, dió el caballo al uno, 
al otro capa y sombrero, 
y en la estancia campesina 
buscó el arrimo del fuego. 



249 



IV 



El menor de los hermanos, 
que, niño y aventurero, 
fué mas allá de los mares 
y hoy torna indiano opulento, 
vestía con negro traje 
de peludo terciopelo, 
ajustado a la cintura 
por ancho cinto de cuero. 
Gruesa cadena formaba 
un bucle de oro en su pecho. 
Era un hombre alto y robusto, 
con ojos grandes y negros 
llenos de melancolía; 
la tez de color moreno, 
y sobre la frente comba 
enmarañados cabellos. 
El hijo que saca porte 
señor de padre labriego, 

251 



y a quien fortuna le debe 
amor, poder y dinero. 
De los tres Alvargonzález 
era Miguel el más bello; 
porque al mayor afeaba 
el muy poblado entrecejo 
bajo la frente mezquina, 
y al segundo, los inquietos 
ojos, que mirar no saben 
de frente, torvos y fieros. 



252 



V 



Los tres hermanos contemplan 
el triste hogar en silencio, 
y con la noche cerrada 
arrecia el frío y el viento. 

—Hermanos, ¿no tenéis leña?— 
dice Miguel. 

—No tenemos— 
responde el mayor. 



Un hombre 
milagrosamente ha abierto 
la gruesa puerta, cerrada 
con doble barra de hierro. 

253 



El hombre que ha entrado tiene 
el rostro del padre muerto. 
Un halo de luz dorada 
orla sus blancos cabellos. 
Lleva un haz de leña al hombro 
y empuña un hacha de hierro. 



254 



EL INDIANO 



I 



De aquellos campos malditos, 
Miguel a sus dos hermanos 
compró una parte: que mucho 
caudal de América trajo, 
y aun en tierra mala, el oro 
luce mejor que enterrado, 
y más en mano de pobres 
que oculto en orza de barro. 

Dióse a trabajar la tierra 
con fe y tesón el indiano, 
y a laborar los mayores 
sus pegujales tornaron. 

Ya con macizas espigas, 
preñadas de rubios granos, 

koo,— Páginas. 257 



a los campos de Miguel 
tornó el fecundo verano; 
y ya de aldea en aldea 
se cuenta como milagro 
que los asesinos tienen 
la maldición en sus campos. 

Ya el pueblo canta una copla 
que narra el crimen pasado: 
"A la orilla de la fuente 
lo asesinaron. 

¡Qué mala muerte le dieron 
los hijos malos! 
En la laguna sin fondo 
al padre muerto arrojaron. 
No duerme bajo la tierra 
el que la tierra ha labrado. „ 



258 



II 



Miguel, con sus dos lebreles 
y armado de su escopeta, 
hacia el azul de los montes, 
en una tarde serena, 
caminaba entre los verdes 
chopos de la carretera, 
y oyó una voz que cantaba: 
"No tiene tumba en la tierra. 
Entre los pinos del valle 
del Revinuesa, 
al padre muerto llevaron 
hasta la Laguna Negra.,, 



259 



LA CASA 



I 



La casa de Alvargonzález 
era una casona vieja 
con cuatro estrechas ventanas, 
separada de la aldea 
cien pasos, y entre dos olmos 
que, gigantes centinelas, 
sombra le dan en verano, 
y en el otoño, hojas secas. 

Es casa de labradores, 
gente, aunque rica, plebeya, 
donde el hogar humeante, 
con sus escaños de piedra, 
se ve sin entrar, si tiene 
abierta al campo la puerta. 

263 



Al arrimo del rescoldo 
del hogar borbollonean 
dos pucherillos de barro 
que a dos familias sustentan. 

A diestra mano la cuadra 
y el corral, a la siniestra 
huerto y abejar, y al fondo 
una gastada escalera 
que va a las habitaciones, 
partidas en dos viviendas. 

Los Alvargonzález moran 
con sus mujeres en ellas. 
A ambas parejas, que hubieron, 
sin que lograrse pudieran, 
dos hijos, sobrado espacio 
les da la casa paterna. 

En una estancia que tiene 
luz al huerto, hay una mesa 
con gruesa tabla de roble, 
dos sillones de vaqueta, 
colgado en el muro un negro 
ábaco de enormes cuentas, 

264 



y unas espuelas mohosas 
sobre un arcón de madera. 

Era una estancia olvidada, 
donde hoy Miguel se aposenta. 
Y era allí donde los padres 
veían en primavera 
el huerto en flor, y en el cielo 
de Mayo, azul, la cigüeña 
—cuando las rosas se abren 
y los zarzales blanquean,— 
que enseñaba a sus hijuelos 
a usar de las alas lentas. 

Y en las noches del verano, 
cuando la calor desvela, 
desde la ventana, al dulce 
ruiseñor cantar oyeran. 

Fué allí donde Alvargonzález, 
del orgullo de su huerta 
y del amor de los suyos, 
sacó sueños de grandeza. 

Cuando en brazos de la madre 
vió la figura risueña 

265 



del primer hijo, bruñida 
de rubio sol la cabeza, 
del niño que levantaba 
las codiciosas, pequeñas 
manos a las rojas guindas 
y a las moradas ciruelas, 
aquella tarde de otoño, 
dorada, plácida y buena, 
él pensó que ser podría 
feliz el hombre en la Tierra. 

Hoy canta el pueblo una copla 
que va de aldea en aldea: 
"¡Oh casa de Alvargonzález, 
qué malos días te esperan! 
¡Casa de los asesinos, 
que nadie llame a tu puerta! n 



266 



II 



Es una tarde de otoño. 
En la alameda dorada 
no quedan ya ruiseñores; 
enmudeció la cigarra. 

Las últimas golondrinas, 
que no emprendieron la marcha, 
morirán, y las cigüeñas, 
de sus nidos de retamas, 
de torres y campanarios, 
huyeron. 

Sobre la casa 
de Alvargonzález, los olmos 
sus hojas, que el viento arranca, 
van dejando. Todavía 
las tres redondas acacias, 

267 



frente al atrio de la iglesia, 
conservan verdes sus ramas, 
y las castañas de Indias 
a intervalos se desgajan 
cubiertas de sus erizos; 
tiene el rosal rosas grana 
otra vez, y en las praderas 
brilla la alegre otoñada. 

En laderas y en alcores, 
en ribazos y cañadas, 
el verde nuevo y la hierba 
aún del estío quemada 
alternan; los serrijones 
pelados, las lomas calvas, 
se coronan de plomizas 
nubes apelotonadas; 
y bajo el pinar gigante, 
entre las marchitas zarzas 
y amarillentos heléchos, 
corren las crecidas aguas 
a engrosar el padre río 
por canchales y barrancas. 

Abunda en la tierra un gris 
de plomo y azul de plata, 

268 



con manchas de roja herrumbre, 
todo envuelto en luz violada. 



¡Oh tierras de Alvargonzález, 
en el corazón de España; 
tierras pobres, tierras tristes, 
tan tristes que tienen alma! 

Páramos que cruza el lobo 
aullando, a la luna clara, 
de bosque a bosque; baldíos 
llenos de peñas rodadas, 
donde, roída de buitres, 
brilla una osamenta blanca; 
pobres campos solitarios, 
sin caminos ni posadas; 
¡oh pobres campos malditos, 
pobres campos de mi patria! 



269 



LA TIERRA 



I 



Una mañana de otoño, 
cuando la tierra se labra, 
Juan y el indiano aparejan 
las dos yuntas de la casa. 
Martín se quedó en el huerto 
arrancando hierbas malas. 



— Páginas. 273 



II 



Una mañana de otoño, 
cuando los campos se aran, 
sobre un otero, que tiene 
el cielo de la mañana 
por fondo, la parda yunta 
de Juan lentamente avanza. 

Cardos, lampazos y abrojos, 
avena loca y cizaña 
llenan la tierra maldita, 
tenaz a pico y escarda. 

Del corvo arado de roble 
la hundida reja trabaja 
con vano esfuerzo; parece 
que al par que hiende la entraña 

275 



del campo y hace camino, 
se cierra otra vez la zanja. 

"Cuando el asesino labre, 
será su labor pesada; 
antes que un surco en la tierra, 
tendrá una arruga en su cara.,, 



276 



III 



Martín, que estaba en la huerta 
cavando, sobre su azada 
quedó apoyado un momento; 
frío sudor le bañaba 
el rostro. 

Por el Oriente 
la Luna llena, manchada 
de un arrebol purpurino, 
lucía tras de la tapia 
del huerto. 

Miguel tenía 
la sangre de horror helada. 
La azada que hundió en la tierra, 
teñida de sangre estaba. 



277 



IV 



En la tierra en que ha nacido 
supo afincar el indiano; 
por mujer a una doncella 
rica y hermosa ha tomado. 

La hacienda de Alvargonzález 
ya es suya, que sus hermanos 
todo le vendieron: casa, 
huerto, colmenar y campo. 



279 



LOS ASESINOS 



I 



Juan y Martín, los mayores 
de Alvargonzález, un día 
pesada marcha emprendieron, 
con el alba, Duero arriba. 

La estrella de la mañana 
en el alto azul ardía. 
Se iba tiñendo de rosa 
la espesa y blanca neblina 
de los valles y barrancos, 
y algunas nubes plomizas 
a Urbión, donde el Duero nace, 
como un turbante ponían. 

Se acercaban a la fuente. 
El agua clara corría 

283 



sonando cual si contara 
una vieja historia dicha 
mil veces, y que tuviera 
mil veces que repetirla. 

Agua que corre en el campo 
dice en su monotonía: 
•Yo sé el crimen. ¿No es un crimen, 
cerca del agua, la vida?„ 

Al pasar los dos hermanos 
relataba el agua limpia: 
"A la vera de la fuente 
Alvargonzález dormía. „ 



284 



II 



—Anoche, cuando volvía 
a casa— Juan a su hermano 
dijo—, a la luz de la Luna, 
era la huerta un milagro. 

Lejos, entre los rosales, 
divisé un hombre inclinado 
hacia la tierra; brillaba 
la hoz de plata en su mano. 

Después irguióse y, volviendo 
el rostro, dió algunos pasos 
por el huerto, sin mirarme, 
y a poco lo vi encorvado 
otra vez sobre la tierra. 
Tenía el cabello blanco. 
La Luna llena brillaba, 
y era la huerta un milagro. 

285 



III 



Pasado habían el puerto 
de Santa Inés, ya mediada 
la tarde, una tarde triste 
de Noviembre, fría y parda. 
Hacia la Laguna Negra 
silenciosos caminaban. 



287 



IV 



Cuando la tarde caía, 
entre las vetustas hayas 
y los pinos centenarios, 
un rojo sol se filtraba. 

Era un paraje de bosque 
y peñas aborrascadas; 
aquí bocas que bostezan 
o monstruos de fieras garras; 
allí una informe joroba, 
allá una grotesca panza; 
torvos hocicos de fieras 
y dentaduras melladas; 
rocas y rocas, y troncos 
y troncos, ramas y ramas. 
En el hondón del barranco 
la noche, el miedo y el agua. 

A. Machado. —¿'aginas 289 



V 



Un lobo surgió; sus ojos 
lucían como dos ascuas. 
Era la noche, una noche 
húmeda, obscura y cerrada. 

Los dos hermanos quisieron 
volver. La selva ululaba. 
Cien ojos fieros ardían 
en la selva, a sus espaldas. 



291 



VI 



Llegaron los asesinos 
hasta la Laguna Negra; 
agua transparente y muda, 
que enorme muro de piedra, 
donde los buitres anidan 
y el eco duerme, rodea; 
agua clara donde beben 
las águilas de la sierra, 
donde el jabalí del monte 
y el ciervo y el corzo abrevan; 
agua pura y silenciosa, 
que copia cosas eternas; 
agua impasible, que guarda 
en su seno las estrellas. 
—¡Padre!— gritaron; al fondo 
de la laguna serena 
cayeron, y el eco, u ¡Padre! „ 
repitió de peña en peña. 

293 



PROVERBIOS Y CANTARES 



I 



¿Para qué llamar caminos 
a los surcos del azar?... 
Todo el que camina, anda 
como Jesús sobre el mar. 



II 

A quien nos justifica nuestra desconfianza 
llamamos enemigo, ladrón de una esperanza. 
Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía 
que dió a cascar al diente de la sabiduría. 



297 



ÍÍI 



¡Ojos que a la luz se abrieron 
un día, para, después, 
ciegos tornar a la tierra, 
hartos de mirar sin ver! 



IV 



Es el mejor de los buenos 
quien sabe que en esta vida 
todo es cuestión de medida: 
un poco más, algo menos... 



V 

Ayer soñé que veía 
a Dios y que a Dios hablaba; 
y soñé que Dios me oía... 
Después soñé que soñaba. 

298 



VI 



Luz del alma, luz divina, 
faro, antorcha, estrella, sol... 
Un hombre a tientas camina; 
lleva a la espalda un farol. 



VII 

Todo hombre tiene dos 
batallas que pelear: 
en sueños lucha con Dios, 
y despierto, con el mar. 



VIII 

Moneda que está en la mano 
quizás se deba guardar; 
pero lo que está en el alma, 
se pierde si no se da. 

299 



IX 



¿Dices que nada se pierde? 
Si esta copa de cristal 
se me rompe, nunca en ella 
beberé, nunca jamás. 



X 

Dices que nada se pierde, 
y acaso dices verdad; 
pero todo lo perdemos, 
y todo nos perderá. 



XI 

Todo pasa y todo queda; 
pero lo nuestro es pasar, 
pasar haciendo caminos, 
caminos sobre la mar. 



300 



XII 



Anoche soñé que oía 
a Dios gritándome: "¡Alerta!,, 
Luego era Dios quien dormía, 
y yo gritaba: "¡Despierta! w 



XIII 

Dios no es el mar, está en el mar; riela 
como luna en el agua, o aparece 
como una blanca vela; 
en el mar se despierta o se adormece. 
Creó la mar, y nace 
de la mar cual la nube y la tormenta; 
es el Creador, y la criatura lo hace; 
su aliento es alma, y por el alma alienta. 
Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste, 
y para darte el alma que me diste, 
en mí te he de crear. Que el puro río 
de caridad que fluye eternamente, 
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío, 
de una fe sin amor la turbia fuente! 

301 



XIV 



El demonio de mis sueños 
ríe con sus labios rojos, 
sus negros y vivos ojos, 
sus dientes finos, pequeños. 
Y, jovial y picaresco, 
se lanza a un baile grotesco, 
luciendo el cuerpo deforme 
y su enorme 
joroba. Es feo y barbudo 
y chiquitín y panzudo. 
Yo no sé por qué razón, 
de mi tragedia, bufón, 
te ríes... Mas tú eres vivo 
por tu danzar sin motivo. 



302 



VIAJE 



A D. Julio Cejador. 



Ya en los campos de Jaén, 
amanece. Corre el tren 
por sus brillantes rieles, 
devorando matorrales, 
alcaceles, 

terraplenes, pedregales, 
olivares, caseríos, 
praderas y cardizales, 
montes y valles sombríos. 
Tras la turbia ventanilla, 
pasa la devanadera 
del campo de primavera. 

La luz en el techo brilla 
de mi vagón de tercera. 

303 



Entre nubarrones blancos, 
oro y grana, 

la niebla de la mañana 
va huyendo por los barrancos. 

¡Este insomne sueño mío! 
{Este frío 

de un amanecer en vela!... 

Resonante, 
jadeante, 

marcha el tren. El campo vuela. 

Enfrente de mí, un señor 
sobre su manta dormido; 
un fraile y un cazador, 
el perro a sus pies tendido. 



Yo contemplo mi equipaje, 
mi viejo saco de cuero, 
y recuerdo otro viaje 
hacia las tierras del Duero. 
Otro viaje de ayer 
por la tierra castellana.,. 

304 



¡Pinos del amanecer, 

entre Almazán y Quintana!... 

¡Y alegría 
de un viajar en compañía! 

I Y la unión 
que ha roto la muerte un día! 

¡Mano fría 
que aprietas mi corazón! 

Tren, camina, silba, humea; 
acarrea 

tu ejército de vagones; 
ajetrea 

maletas y corazones. 

Soledad, 
sequedad. 

Tan pobre me estoy quedando, 
que ya ni siquiera estoy 
conmigo, ni sé si voy 
conmigo a solas viajando. 



. Machado. — Páginas. 305 



•10 



MARIPOSA DE LA SIERRA 



¿No eres tú, mariposa, 
el alma de estas sierras solitarias, 
de sus barrancos hondos 
y de sus cumbres bravas? 
Para que tú nacieras, 
con su varita mágica 
a las tormentas de la piedra un día 
mandó callar un hada, 
y encadenó los montes 
para que tú volaras. 

¡Anaranjada y negra, 
morenita y dorada, 
mariposa montés, sobre el romero 
plegadas las ahilas, o, voltarias, 
jugando con el sol, o sobre un rayo 
de sol crucificadas!... 



307 



¡Mariposa montés y campesina, 
mariposa serrana, 
nadie ha pintado tu color; tú vives, 
tu color y tus alas, 

en el aire, en el sol, sobre el romero, 
tan libre, tan salada!... 
Que Juan Ramón Jiménez 
pulse por ti su lira franciscana. 

rra de Cazorla, Mayo de 1915. 



308 



LAS ENCINAS 



A los señores de Masriera, en recuerdo 
de una expedición al Pardo. 

Encinares castellanos 
en alcores y altozanos, 
serrijones y colinas 
llenos de obscura maleza; 
encinas, pardas encinas 
—humildad y fortaleza,— 
mientras que llenándoos va 
el hacha de calvijares, 
¿nadie cantaros sabrá, 
encinares? 

El roble es la guerra; el roble 

dice el valor y el coraje, 

rabia inmoble, 

con su torcido ramaje; 

y es más rudo 

309 



que la encina y más nervudo; 
el alto roble parece 
que recalca y ennudece 
su robustez como atleta 
que, erguido, afinca en el suelo. 
El pino es el mar y el cielo 
y la montaña: el planeta. 
La palmera es el desierto, 
el sol y la lejanía: 
la sed, una fuente fría 
soñada en el campo muerto. 
Las hayas son la leyenda. 
Alguien en las viejas hayas 
leía una historia horrenda 
de crímenes y batallas. 
¿Quién ha visto, sin temblar, 
un hayedo en un pinar? 
Los chopos son la ribera; 
liras de la primavera, 
cerca del agua que fluye, 
pasa y huye 
viva o lenta, 

que se emboca, turbulenta, 
o en remanso se dilata; 
en su eterno escalofrío 
copian el agua del río, 
que fluye en ondas de plata. 
De los parques las olmedas 

310 



son las buenas arboledas 
que nos han visto jugar 
cuando eran nuestros cabellos 
rubios, y con nieve en ellos 
nos han de ver meditar. 
Tiene el manzano el rubor 
de su poma; 
el eucalipto el aroma 
de sus hojas; de su flor 
el naranjo la fragancia; 
y es del huerto 
la elegancia 

el ciprés obscuro y yerto. 
¿Qué tienes tú, negra encina 
campesina, 

con tus ramas sin color 
en el campo sin verdor, 
con tu tronco ceniciento 
sin esbeltez ni altiveza, 
con tu vigor sin tormento 
y tu humildad, que es firmeza? 
En tu copa ancha y redonda 
nada brilla: 

ni tu verde obscura fronda, 
ni tu flor verdiamarilla. 
Nada es lindo ni arrogante 
en tu porte, ni guerrero, 
nada fiero 



311 



que aderece $u talante. 
Brotas derecha o torcida, 
con esa bondad que cede 
sólo a la ley de la vida, 
que es vivir como se puede. 
El campo mismo se hizo 
árbol en ti, parda encina. 
Ya contra el hielo invernizo, 
o bajo el sol que calcina, 
y el bochorno y la borrasca, 
el Agosto y el Enero, 
los copos de la nevasca, 
los hilos del aguacero, 
siempre firme, siempre igual, 
dócil, impasible y buena, 
¡oh tú, robusta y serena, 
oh casta encina rural! 
¡Oh los negros encinares 
de la raya aragonesa 
y las crestas militares 
de la tierra pamplonesa! 
¡Encinas de Extremadura, 
de Castilla, que hizo a España; 
encinas de la llanura, 
del cerro y de la montaña; 
encinas del alto llano 
que el joven Duero rodea, 
y del Tajo, que serpea 

312 



por el suelo toledano! 
¡Encinas de junto al mar, 
en Santander; encinar 
que pones tu nota arisca, 
como un castellano ceño, 
en Córdoba la morisca; 
y tú, encinar madrileño, 
tan hermoso y tan sombrío, 
bajo el Guadarrama frío, 
con tu adustez castellana 
corrigiendo 

la vanidad y el atuendo 
y la hetiquez cortesana!... 
Ya sé, encinas 
campesinas, 

que os pintaron, con lebreles 

elegantes y corceles, 

los más egregios pinceles; 

que os cantaron los poetas 

augustales; 

que os asordan escopetas 
de cazadores reales; 
mas sois el campo y el lar 
y la sombra tutelar 
de los buenos aldeanos 
que visten parda estameña 
y que cortan vuestra leña 
con sus manos. 

313 



RETRATO 



Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara ni un Bradomin he sido 
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario;— 
mas recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario. 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina; 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 

315 



Adoro la hermosura, y en la moderna estética 
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; 
mas no amo los afeites de la actual cosmética, 
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos 
y el coro de los grillos que cantan a la Luna. 
A distinguir me paro las voces de los ecos, 
y escucho solamente, entre las voces, una. 

¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera 
mi verso como deja el capitán su espada, 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada. 

Converso con el hombre que siempre va conmigo 
—quien habla solo, espera hablar a Dios un día;— 
mi soliloquio es plática con este buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía. 

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. 
A mi trabajo acudo; con mi dinero pago 
el traje que me cubre y la mansión que habito, 
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. 

316 



Y cuando llegue el día del último viaje, 
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar. 



317 



A DON MIGUEL DE UNAMUNO 

(POR SU LIBRO "VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO.) 



Este donquijotesco 
Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco, 
lleva el arnés grotesco 
y el irrisorio casco 

del buen manchego. Don Miguel camina 
jinete de quimérica montura, 
metiendo espuela de oro a su locura, 
sin miedo de la lengua que malsina. 
A un pueblo de arrieros, 
lechuzos y tahúres y logreros 
dicta lecciones de Caballería. 
El alma desalmada de su raza, 
que bajo el golpe de su férrea maza 
aun duerme, puede que despierte un día. 
Quiere ensenar el ceño de la duda, 
antes de que cabalgue, al caballero; 
319 



cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda 
cerca del corazón la hoja de acero. 
Tiene el aliento de una estirpe fuerte 
que soñó más allá de sus hogares, 
y que el oro buscó tras de los mares. 
Él señala la gloria tras la muerte. 
Quiere ser fundador, y dice: "Creo; 
Dios, y adelante el ánima española...,, 
Y es tan bueno y mejor que fué Loyola: 
sabe a Jesús y escupe al fariseo. 

1905 



320 



A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS 



Como se fué el maestro, la luz de esta mañana 
me dijo: —Van tres días 
que mi hermano Francisco no trabaja. 
¿Murió? —Sólo sabemos 
que se nos fué por una senda clara 
diciéndonos: "Hacedme 
un duelo de labores y esperanzas. 
Sed buenos y no más; sed lo que he sido 
entre vosotros: alma. 
Vivid; la vida sigue; 

los muertos mueren y las sombras pasan. 

Lleva quien deja y vive el que ha vivido. 

Yunques, sonad; enmudeced, campanas.» 

Y hacia otra luz más pura 

partió el hermano de la luz del alba, 

el sol de los talleres, 

el viejo alegre de la vida santa. 

¡Oh, sí; llevad, amigos, 

A. M a ch a do.— Pági7ias. 321 21 



su cuerpo a la montaña, 

a los azules montes 

del ancho Guadarrama! 

Allí hay barrancos hondos 

de pinos verdes donde el viento canta. 

Su corazón repose 

bajo una encina casta, 

en tierra de tomillos, donde juegan 

mariposas doradas. 

Allí el maestro, un día, 

soñaba un nuevo florecer de España. 



322 



ÍNDICE 



Fágs. 



Prólogo 7 

SOLEDADES 

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS 

Prólogo 15 

El viajero 17 

La plaza y los naranjos encendidos 21 

En el entierro de un amigo 23 

Recuerdo infantil 25 

Yo voy soñando caminos 27 

Hacia un ocaso radiante 29 

Cante hondo 33 

La calle en sombra 35 

El poeta 37 

Verdes jardinillos 41 

Del camino 43 

Galerías 55 

Introducción 57 

Sueño infantil 67 

Campo 97 

323 



lágs. 



Los sueños 99 

Renacimiento 101 

CANCIONES.-HUMORADAS 

Abril florecía , 109 

De la vida 113 

La novia 117 

El cadalso 121 

Las moscas 123 

Elegía de un madrigal 127 

Acaso 129 

Jardín 131 

A un naranjo y a un limonero vistos en una tienda de 

plantas y flores 133 

Hastío 135 

Nevermore 137 

De la vida 141 

Sol de invierno 143 

A un viejo y distinguido señor 145 

CAMPOS DE CASTILLA 

Prólogo 149 

A orillas del Duero 153 

Por tierras de España 157 

El hospicio. 159 

Amanecer de otoño 161 

Noche de verano 163 

Pascua de Resurrección 165 

Campos de Soria 167 

A un olmo seco 185 



324 



Pdgs. 



LA TIERRA DE ALYARGONZÁLEZ 

Siendo mozo Alvargonzález 189 

Feliz vivió Alvargonzález 191 

Mucha sangre de Caín 193 

Alvargonzález ya tiene 195 

El sueño , 197 

Aquella tarde 207 

Otros días . 221 

Castigo 235 

El viajero 243 

El indiano 255 

La casa 261 

La tierra 271 

Los asesinos 281 

PROVERBIOS Y CANTARES 295 

Viaje , 303 

Mariposa de la sierra 307 

Las encinas 309 

Retrato 315 

A Don Miguel de Unamuno 319 

A Don Francisco Giner de los Ríos 321 



325 



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